En el país del plano cartesiano, en que la abuela X y el abuelo Y son de perfil hojas de papel y hasta el más gordo no supera el cartón, usan la lengua del polígono. El saludo es una línea oblicua y el “te amo” un octaedro. A mi llegada, me dieron la bienvenida con un par de rectángulos superpuestos. Esperaba un gesto, como un abrazo o beso, pero esos no son necesarios. Me acostumbré al rombo verbal y a los adjetivos circulares, grité entusiasmado utilizando verticales y filosofé a base de espirales. Cuando empecé a notar mi adecuación, por el severo adelgazamiento de mis costados, albergué la esperanza de no ser ya un extranjero, pero en eso me mandé una cagada tridimensional y exasperada una turba me infirió un triángulo puntiagudo, que se clavó en mi espalda, y ya en las últimas pude comprender que así decían: chau.