Cuando al pueblo baja otro camión en punto muerto, los habitantes miran sin levantarse cómo disminuye velocidad hasta darse de nariz, sin mayor gravedad, contra el mismo árbol harto de toda esta cuestión de:
-¡La Póra, la Póra!, no dicen los niños, que se miran en silencio y acuden a ver al conductor enloquecido. Éste, con ojos vacíos, suele farfullar más o menos lo siguiente:
-Tan hermosa, aunque fantasma… qué le vamos a hacer; pero, hay que considerar que tiene absoluta capacidad para desaparecer y aparecer en cualquier destino que se le antoje y, sin embargo, ¡hace dedo!¡Hace dedo! No entiendo, todos estos años en el negocio del transporte y te juro que no entiendo…
Un poco antes lo encontramos gritando en su camión, frente al espeluznante rostro súbito y no, no hay caso, no entiende. En eso, la Póra abre la puerta del acompañante, se arroja del vehículo y rueda por la banqueta, feliz de su victoria, sin enterarse nunca de qué mierda fue lo que pasó:
Por eso los viejos del pueblo tienen miedo de morir, saben que serán más, todavía más, pelotudos.
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Siempre pensé que ningún autor de minificción que tuviera una pizca de vergüenza se pondría a escribir otra versión más de El dinosaurio del guatemalteco. Por eso me asombré de que, cuando desperté, ese horrible texto todavía estaba allí... y más allá también, algún infeliz hizo fotocopias mientras yo dormía. Lo que decía era el colmo:
Cuando despertó, ese tal Augusto todavía estaba allí. Por lo tanto, se desperezó y lo devoró. Los dinosaurios, al igual que los escritores de minificción, no se andan con rodeos.
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La saliva de la sílaba no fue oportuna. Saltó de la palabra como quien quiere toda la cosa, espantó al oyente, se fue en su cara. No se pudo hacer nada para recuperarla. Alguien que la vio de casualidad cuenta que no se seca, que es verruga, gelatina de todo lo que había comido aquel mudo curado por Jesucristo, que todavía hace milagros, pero que antes solicita que no se lo agradezcan, por favor.
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El escritor esgrimió el papel, pero perdió su mano ante la peluquera. La tijera de ésta, sin embargo, nada pudo hacer contra el niño, quien desde una distancia segura tensó la hondita y se la puso en medio de la frente. Cargó otra piedra, pero el escritor, malherido, sacó un nuevo papel. Literatura infantil, dijo. El niño agudizó la vista y, al ver que el texto no tenía dibujos, lo remató.
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La última Coca-Cola del desierto observó incrédula cómo caía sobre el mundo una nueva glaciación. Su autoestima cayó al suelo, ahora cubierto de nieve, desde donde un oso polar la agarraba, destapaba, ponía cara de imbécil, la bebía y se deslizaba contento entre muchas otras Coca-Colas y osos polares. El mundo ya no tenía sentido. El director gritó corten.
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Le fue bien económicamente. Mientras contabilizaba las ganancias de prostituir a su esposa, sentía cómo le crecía el cuerno, cuyo tamaño era proporcional al miembro del consumidor. Luego lo serruchaba de su frente, tomaba una aspirina y lo trabajaba artesanalmente. Al salir, la mayoría de los clientes compraba su guampa de recuerdo.
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Una gran pantalla blanca pasa frente a sus ojos. Como un camión-trailer demasiado largo, o el trailer de una película demasiado aburrida. Mentira que entonces se vea la propia vida en flashes, es un solo flash que no contiene un huevo. Nunca puede cruzar esa calle ni salir de ese cine.
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Se tatuó en la frente cuanto sigue: puto el que lee. Así es que practicaba la homofobia con todo aquel que lo mirase, porque eso del sexo al revés, decía, nomás no le entraba en la cabeza. Al llegar a su casa, empero, se autoflagelaba. Eel euq le otup, eel euq le otup, repetía con cada latigazo, como macho, frente al espejo del baño.
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