Cuando al pueblo baja otro camión en punto muerto, los habitantes miran sin levantarse cómo disminuye velocidad hasta darse de nariz, sin mayor gravedad, contra el mismo árbol harto de toda esta cuestión de:
-¡La Póra, la Póra!, no dicen los niños, que se miran en silencio y acuden a ver al conductor enloquecido. Éste, con ojos vacíos, suele farfullar más o menos lo siguiente:
-Tan hermosa, aunque fantasma… qué le vamos a hacer; pero, hay que considerar que tiene absoluta capacidad para desaparecer y aparecer en cualquier destino que se le antoje y, sin embargo, ¡hace dedo!¡Hace dedo! No entiendo, todos estos años en el negocio del transporte y te juro que no entiendo…
Un poco antes lo encontramos gritando en su camión, frente al espeluznante rostro súbito y no, no hay caso, no entiende. En eso, la Póra abre la puerta del acompañante, se arroja del vehículo y rueda por la banqueta, feliz de su victoria, sin enterarse nunca de qué mierda fue lo que pasó:
Por eso los viejos del pueblo tienen miedo de morir, saben que serán más, todavía más, pelotudos.
